Dos mujeres en el territorio de la duda

Foto: “La muerte en un caballo pálido”, por Benjamin West, en el Instituto de Artes de Detroit

VP / El pudor no ha sido un rasgo característico de los intelectuales  en estas semanas de confinamiento.  El miedo, la incertidumbre, el horror globalizado, más que inducirlos al silencio y la meditación, parecen haber estimulado en muchos de ellos la necesidad de hacer vaticinios precipitados sobre el mundo que nos espera después de la pandemia. 

Comparto las reflexiones de dos mujeres que prefieren navegar en las aguas de la duda, que en el pantano de los augurios destemplados: una columna de la sicoanalista Constanza Michelson -publicada en The Clinic- y otra de la escritora argentina Mariana Enríquez, publicada en la Revista de la Universidad de México.

La ansiedad

 Mariana Enríquez / Cultura UNAM / Revista de la Universidad de México

Mando un mensaje. Necesito resolver una cuestión administrativa de trabajo. Responden y resuelven más o menos rápido y la persona que me atiende agrega, antes del saludo de despedida, “ESTO parece uno de tus cuentos”. ESTO es la pandemia, claro. Le respondo con un lacónico “gracias”, sin hacer referencia alguna a su observación sobre mis cuentos que, en efecto, son de terror. No sé qué decirle. Casi todo el tiempo no sé qué decir y constantemente me piden que diga algo. Una columna sobre cómo llevo el confinamiento. Una opinión sobre la naturaleza mutante del virus. ¿Me parecen bellas las ciudades vacías y recuperadas parcialmente por animales? Todo es contradictorio y angustiante. Un escritor, un artista, debe poder interpretar la realidad, o intentarlo al menos. Como persona que trabaja con el lenguaje debería colaborar en la discusión pública. Pensando, escribiendo, interpretando. Pero cada día que pasa, pensar en esta pandemia se convierte en una neblina pesada: no veo, estoy perdida, apenas alcanzo a distinguir mis manos si las extiendo. La escritora Carla Maliandi comenta en su Facebook que el filósofo Karl-Otto Apel, amigo de su familia, les contó, entre empanada y empanada, que “durante la segunda Guerra Mundial le tocó algo así como la colimba1 de Alemania. Su tarea era patrullar las calles dentro de un tanque de guerra mientras afuera explotaban bombas y el mundo era el infierno mismo. Nos dijo que ese fue un momento muy importante en su formación y que gracias a ese encierro pudo leer y estudiar por primera vez a Aristóteles, a Kant, a Hegel.” Ella se pregunta cómo es posible semejante concentración a propósito de una nota donde varios escritores dicen que no pueden leer, no pueden ver películas, están ansiosos e hiperalertas y pasan la mitad del tiempo en videollamadas o chequeando si los familiares y amigos necesitan algo. ¿Por qué tengo que ser intérprete de este momento? ¿Porque escribí algunos libros? Me rebelo ante esta demanda de productividad cuando sólo siento desconcierto. Poder, poder, poder, qué podemos hacer, qué podemos pensar. En una charla con una amiga le dije, sinceramente: “pienso corto”. Es verdad. No encuentro reflexiones. Encuentro: cómo (no) usar el homebanking con bancos que ofrecen sistemas hostiles, no atienden el teléfono y son implacables en la demanda del pago. Encuentro: cómo evito el miedo cada vez que mi pareja sale a comprar la comida que necesitamos. Qué hago si se enferma. Es muy poco probable que esto pase, me digo y me dicen los expertos. Todo lo que me repito no sirve de nada y tengo terror de que termine en un hospital de campaña. O que termine ahí mi madre. Desde otro medio me mandan una serie de preguntas a ver si las puedo contestar: “¿Qué miedos genera el aislamiento? ¿Qué trauma nos trae? ¿Qué va a pasar con la humanidad? ¿Cómo construimos la nueva normalidad?” Todas las preguntas me dejan muda. Todos los traumas, todos los miedos, no sé qué va a pasar con la humanidad, cómo pensar en “humanidad”, qué significa eso, por qué tenemos que pensar en la nueva normalidad si la pandemia recién empieza, al menos en la Argentina. Todas estas palabras que escucho, todo este ruido de opiniones y datos y metáforas y recomendaciones y vivos de IG y la continuidad de las actividades en formato virtual, toda esta intensidad, ¿no es acaso pánico puro? ¿Qué agujero se intenta tapar? ¿Qué fantasía de extinción? Pienso en insectos escapando de la mano que enarbola el veneno. Esa cucaracha que corre y corre y logra esconderse detrás del lavarropas. Me siento como si acabara de tener un accidente de auto. Veo cómo sale humo del motor, huelo a quemado, no sé si habrá una explosión o no, el cuerpo no me duele porque el golpe es muy reciente y, desde el otro lado de la ventanilla, veinte personas me preguntan: “¿Vas a comprar un auto nuevo? ¿Creés que éste se puede arreglar? ¿Podrás vivir tu vida normal si tienen que amputarte una pierna? ¿Sobrevivieron los del auto que impactaste? ¿Si quedaron con secuelas los ayudarás económicamente? ¿Pagarás el entierro si murieron? Tu hijo, que estaba en el asiento de al lado, ¿llevaba cinturón de seguridad?” Así todos los días. A veces logro sentir algo que me excede en otro sentido, no el del desborde cotidiano. Algo sublime, profundo. Un silencio en el mundo causado por este agente que no está ni vivo ni muerto, que necesita un huésped para vivir hasta que se aburre de él o lo mata. Cierta hermandad global. Me dura poco. Tengo miedo de tener una apendicitis y que no me operen y morir porque están las camas ocupadas por pacientes con coronavirus. Tengo miedo de ser horriblemente mezquina y poco solidaria. Tengo miedo de ver por las calles del conurbano de Buenos Aires las mismas escenas que en Guayaquil, los cadáveres en las calles, la gente ahogada arrastrándose en salas de emergencias, el hombre que dejó a su madre muerta en un banco y usó un parasol para proteger el cuerpo envuelto en una tela colorida. Los ataúdes de cartón. No quiero atravesar ese horror de ninguna manera, ni como espectadora ni como testigo ni como cronista ni como víctima. A veces me levanto y creo que vivir así no vale la pena, otras me digo que todo pasa, que siempre que llovió paró, que los virus tienen ciclos, que las pandemias se terminan, que las vidas se reconstruyen. Ayer me alegraba de haber vivido intensamente, de todos los viajes, todos los conciertos, todas las drogas, todos los amantes. Como si me estuviese despidiendo del mundo. Este estado es de duelo. Pero no sé bien qué ha muerto. O si está muriendo. No lo sé. Me lo siguen preguntando, y yo no lo sé. ¿Qué leo? Nada. Empecé, porque teletrabajo desde casa, con La condesa sangrienta de Valentine Penrose y la historia de la espantosa Erzsébet Báthory me entretiene, quizá porque vivió en un mundo infinitamente más cruel y más difícil, con enfermedades detrás de cada árbol, con brujas del bosque que secuestraban niños para hacer filtros con sus corazones. ¿Qué veo? Twin Peaks, porque sumergirme en una pesadilla ajena es una especie extraña de alivio. No mucho más: el resto del tiempo me la paso al teléfono o frente a pantallas o trabajando con una lentitud asombrosa o leyendo noticias hasta enloquecer. Sé que debo leer menos noticias y que toda esta información no sirve para nada, pero da alguna ilusión de control y además no se habla de otra cosa y perdón, pero no tengo la presencia de ánimo ni la distancia ni el equilibrio como para ponerme a leer a Eurípides. Admiro a los que se sientan con La montaña mágica y a los que aprenden recetas y sobre todo a los que se aburren. No tengo carácter. No tengo temple. Quizá estoy deprimida: igual la terapia en este momento es virtual y no sé si me atrevo a empezar una medicación hoy, con el consejo de no acercarse a hospitales. También: mi propia crisis emocional me parece idiota. Es idiota. Estoy en un rincón, de rodillas, esperando que esto pase, se vaya, se apague. No estoy hecha para las crisis. Trato de recordar otras. 2001-2002: un año o más cobrando la mitad del sueldo y viviendo con mi madre en una barriada peligrosa; todas las noches escuchaba disparos y, si se me hacía tarde, iba corriendo hasta la avenida a comprar cigarrillos porque los robos eran comunes pero también podía quedar en el medio de una balacera. La adolescencia con hiperinflación, 1989, crisis energética, cortes de luz programados, padres sin empleo, dormir en un sillón porque no tenía cama propia y no había dinero para comprarla ni lugar donde ponerla. Hay más, algunas personales que no tiene sentido ni quiero hacer públicas. ¿Ninguna me preparó para esto? Ninguna me preparó para esto. Llega otro mail, otra entrevista, otro mensaje. Qué pienso de esto como escritora de terror. Cómo se resignifica el miedo. Queremos tu opinión sobre el miedo que tenemos todos. Intento ser irónica y ensayo unos renglones: que las pandemias son del terreno de la distopía, que yo no escribo en ese subgénero, que me gusta pero no lo leí tanto (es todo cierto). Borro lo escrito. Es una tontería. Leo un artículo fabuloso del pintor y escritor Rabih Alameddine acerca de cuando se enteró del diagnóstico de VIH positivo. Vivía en San Francisco mientras en su tierra natal, el Líbano, rugía la guerra civil; decidió volver, sin embargo, porque tenía miedo y no quería morir solo. En poco tiempo estaba de vuelta en California. Empezó a jugar al fútbol. La mitad de su equipo murió. Él sigue vivo, hoy, y dice que no recuerda a cuántas personas ha visto morir. Recuerdo los días terribles del sida, yo era muy chica, recuerdo el miedo que el barrio les tenía a los posibles infectados, recuerdo a los amigos de mi madre que morían solos porque, además, eran rechazados por sus familias. Aquello fue tan cruel. La valentía de ellos. Mi vergonzosa cobardía. Pienso en las víctimas de los tsunamis, de las guerras, de los naufragios en el Mediterráneo, del narco, de la violencia institucional, de otras epidemias, del hambre. La muerte masiva y trágica y solitaria es la regla. Me doy cuenta de mi privilegio. Me da vergüenza ese privilegio, especialmente en este continente. No puedo salir de la autorreferencia y eso me abruma, porque intento evitar el yo yo mi mi. Quejarse es patético. No me quejo en voz alta. Lo intento, pero estas palabras deben ser una queja. ¿Sirve este texto? ¿Es exagerado? ¿Por qué decir: no puedo decir? Aquí habla sólo mi ansiedad. Y la sensación de inminencia. Es posible que hoy esté constituida apenas de ansiedad. Me deja muda e inmóvil en un sillón, encerrada. No en mi casa, eso no importa. Encerrada en mi cabeza.

*1: El servicio militar obligatorio

 

Todo los que tengo que decir (sobre muerte y vejez)

Constanza Michelson / The Clinic

Hace algún tiempo me pidieron escribir sobre sexo y vejez; quizás por la obsesión contemporánea de equiparar sexo y salud, y de que la vejez no se note, para que ser viejo sea otra forma de ser joven. Entiendo ese esfuerzo. Como escribió Natalia Ginzburg, la vejez no nos genera curiosidad, ni siquiera cuando envejecemos; avanzamos hacia una muchedumbre gris, podemos convertirnos en “chatarra abandonada” o bien en unas “ruinas gloriosas”: como sea, no hay una imaginación de la vejez. Con suerte unos estereotipos lisos, unas promesas de serenidad y sabiduría -y que le creo a Ginzburg al describir su propia vejez – nunca llegan. Tampoco se buscan, “nunca hemos amado la serenidad y la sabiduría, y en cambio siempre hemos amado la sed y la fiebre, las búsquedas inquietas y los errores”. Pienso: eso es precisamente lo que más temo de envejecer, ser exactamente la misma que ahora. Tener los mismos miedos, la misma falta de serenidad.

Hoy debo escribir sobre la vejez y la muerte. Y puedo decir casi lo mismo que escribí antes: sospecho que se tiene la misma edad toda la vida. Que la vida se corta en el momento en que se intuye que ésta es una casualidad sin ningún fundamento ni justificación. Momento en que se toma una decisión existencial, ese vacío se cubre con dioses y razones de cualquier orden, o se teme para siempre, o bien, se asume que es justamente ese azar lo más precioso de vivir. Marguerite Duras dijo que envejeció a los dieciocho, mientras que San Agustín escribió que habría preferido nacer a los siete años. Hay siempre una inadecuación entre la existencia y los llamados ciclos de la vida. Lo innegable es que envejecer implica ver el movimiento del mundo, la aparición de uno del que no se es parte del todo, pues fue en otro, distinto, en el que se invirtieron las fuerzas y se proyectaron los deseos. Quizás sea eso lo que entristezca a tantos viejos, y que, como píldora, la modernidad les ofrece -antes que un lugar- una prolongación de la juventud, la fantasía del sexo apoyada por químicos, y otros químicos para no deprimirse demasiado.
“Viejos jóvenes”, sabiduría y serenidad no son las únicas imágenes que ofrecemos a la vejez; también hablamos de ella a partir de la subsistencia económica, la jubilación y la precariedad. Pero cada una de estas imágenes puede derrumbarse frente a un dilema de vida, revelando el lugar preciso de la vejez en la cultura. Porque al igual que la infancia -aunque hablemos de niños y viejos-, vivimos como si esos tiempos no existiesen, tal vez porque nos aburren por su falta de orgullo, o porque son profundamente enigmáticos dada su fragilidad y cercanía a la muerte. Al comienzo de la pandemia, que en el caso de Chile coincidió con la revuelta social, circuló en no pocas voces el llamado a que no debíamos frenar el proceso político bajo el argumento de que, al fin y al cabo, era simplemente un virus que afectaba a los viejos. Podíamos seguir disputando la dignidad (de la vejez incluso), asumiendo que unos cuantos ancianos murieran. De todas maneras, esas mismas voces cambiaron de opinión rápidamente cuando se asomó la magnitud de la catástrofe. Y el discurso viró: cuidarse para cuidar a los más frágiles. Incluso se dijo que el costo económico del confinamiento para los jóvenes, era el mayor traspaso de valor de una generación a otra.

Pero ese regalo, el “traspaso de valor”, no podía ser infinito. Desde la racionalidad económica que, con muy poca imaginación, opone economía y vida; el sistema sanitario y el “dilema de la última cama”; así como la gestión de la vida a partir de la perspectiva de la especie, aparece la disyuntiva acerca de qué vidas preservar: luego, la vejez cae de los imaginarios que la envuelven en tiempos de bonanza. Para el campo de las cifras, “vejez” se vuelve una zona de sacrificio. “Vejez” es el lugar del corte para definir las prioridades en los esfuerzos médicos, y es también, en el discurso diario de las cifras de fallecidos, una insistencia para mantener la calma: “solo murieron adultos mayores”.

Sin embargo, y esto es bastante insólito, los viejos -siempre hablados por otros (incluso ellos mismos pueden hablar de sí, a partir de esos clichés)- empezaron a tomar la palabra, no cualquiera, sino respecto a su relación con la vida y con la muerte.

El periodista, premio nacional, Abraham Santibáñez escribió hace algunos días una carta al diario declarando públicamente que en caso de necesitar un ventilador mecánico cedía el suyo de requerirlo alguien más joven. Conminó a otros a hacer lo mismo, como un código de honor del mundo al que seguramente perteneció y hoy nos resulta inédito. Otros, todos varones mayores, siguieron su ejemplo. Mientras que otras voces, esta vez incluidas mujeres, pusieron el grito en el cielo. ¿Cómo es eso de que sus vidas ya claudicaron o valen menos que la de los jóvenes? ¿Por qué 65 y no 61 ó 72 es el número que indica ceder la prioridad de atención médica? ¿Una vida debe ser protegida de acuerdo a su productividad, a cuántos años puede aún vivir?, ¿cuándo se considera que alguien vivió demasiado, o aún vale su deseo de vivir? La vejez se politizó.

En Francia, se anunció que las medidas de cuarentena se levantarían a comienzos de mayo, salvo para los mayores de 65 años, quienes debieran quedar en confinamiento de manera indefinida. Eso provocó una “revolución de las canas”, los mayores reclamaron que si bien son los más vulnerables, no son quienes más contagian, ¿por qué deberían entonces estar solamente ellos aislados? La psicóloga y escritora Marie Hennezel escribió en Le Figaro que se trata de una barrera injusta, arbitraria y discriminatoria; y llamó al debate ético. Macron debió rebajar la medida al nivel de “sugerencia”, salvo para los ancianos que viven en hogares o tienen mal estado de salud. Por su parte, la escritora argentina María Moreno hizo una defensa de la ética de la despedida. La vejez, considerada la clase pasiva, dice, nunca es tal: “No hay soberanía en la vejez, pero si no se ha perdido la cabeza, existe la posibilidad de elegir. No se trata, por supuesto, de la gran elección sartreana como compromiso con la libertad, pero sí la de gestionar el día a día de cómo se quiere vivir en lo que queda por vivir”.

Por mi parte escucho hijos quejarse de que sus padres viejos desobedecen, que se escapan a escondidas, a pedirle un cigarrillo a la vecina, a visitar al nieto nuevo; y esos hijos saben secretamente, por más que los sermoneen, que no les harán caso. Algunos se enfurecen, otros hacen un pacto tácito con sus padres y abuelos y los dejan elegir, aunque hagan como si no. Y vuelvo a Ginzburg: si envejecer es un camino lento a una zona gris, se perderían todos los lazos con el presente si no fuera porque seguimos enredados en las intrincadas y dolorosas tramas del amor.

“Vejez” es algo que puede gestionar la racionalidad de las políticas públicas, pero cada anciano o anciana es un misterio, una voz que es quizás la misma de sus 20 o de sus 50; ésa es la imagen más conmovedora que puedo tener sobre la vejez. Hoy esos cuerpos dicen cosas que no coinciden con las cifras mudas, ni los estereotipos en su nombre. Su aparición en el campo público es lo que entiendo por posibilidad política.

Podría cerrar esta columna exactamente como terminé aquella sobre la vejez y sexo, con las palabras de una anciana, Marguerite Duras dos años antes de su muerte. Escribió a Yann, su amante homosexual cuarenta años menor que ella: “¿Para aliviar la vida? Nadie lo sabe. Hay que intentar vivir. No hay que precipitarse en la muerte. Eso es todo. Eso es todo lo que tengo que decir”.

 

 

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *